domingo, 20 de octubre de 2013

74.

La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante. 
Soren Kierkegaard


  Su cabello largo, alborotado como la gran mayoría de veces, creándole diminutos tirabuzones debido a la brisa veraniega que se cuela por la ventana. Sus rodillas —no descubiertas por el pantalón largo desgastado—, tocan los brotes de césped del suelo del parque. Su cuerpo dorado y poco expuesto por la camisa larga y la chaqueta cubriéndola, posicionado hacia atrás. Sus manos hacen contacto con el frío césped —una a cada lateral —. Respira profundamente un par de veces seguidas, cerciorándose de la situación, y al cerrar los ojos como tantas otras veces ha hecho, vuelve a observar el cielo. Agudiza el oído, no se escuchan voces. Está sola. No hay moros en la costa. Flexiona las rodillas, levantándose del frío suelo, y con gran fluidez sus dos brazos están extendidos hacia arriba, acabando con un grito desde lo más profundo de su garganta.
  Con una primera vez no basta, lo sabe, vuelve a intentarlo una vez más. Dolor es el único resultado que —por ahora— expulsa su garganta. Pero no termina ahí, ella quiere ver el resultado, no tiene pensado irse sin conseguir eso que necesita. Tercer, cuarto y quinto intento. Y al fin ha explotado. La primera lágrima se derrama mejilla abajo.

  Ella, al igual que muchos otros, lo único que quiere es tener su libro de aventuras, en donde pueda plasmar en papel las incontables anécdotas que vive a lo largo de su vida. Poder llenar las hijas de los sucesos que le marcaron un antes y un después en su existencia.
Llevarlo consigo a todas partes, que se convierta en un pedazo de su pequeña alma.

Y que cada vez que logre una meta, un deseo, algo que se había propuesto, pueda acabar esa hoja con un: “PD: Tenías razón Lucía”.

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Corazones rotos