La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante.
Soren Kierkegaard
Su cabello largo, alborotado como la gran mayoría de veces, creándole
diminutos tirabuzones debido a la brisa veraniega que se cuela por la ventana. Sus
rodillas —no descubiertas por el pantalón largo desgastado—, tocan los brotes
de césped del suelo del parque. Su cuerpo dorado y poco expuesto por la camisa
larga y la chaqueta cubriéndola, posicionado hacia atrás. Sus manos hacen
contacto con el frío césped —una a cada lateral —. Respira profundamente un par
de veces seguidas, cerciorándose de la situación, y al cerrar los ojos como
tantas otras veces ha hecho, vuelve a observar el cielo. Agudiza el oído, no se
escuchan voces. Está sola. No hay moros en la costa. Flexiona las rodillas, levantándose
del frío suelo, y con gran fluidez sus dos brazos están extendidos hacia arriba,
acabando con un grito desde lo más profundo de su garganta.
Con una primera vez
no basta, lo sabe, vuelve a intentarlo una vez más. Dolor es el único resultado
que —por ahora— expulsa su garganta. Pero no termina ahí, ella quiere ver el
resultado, no tiene pensado irse sin conseguir eso que necesita. Tercer, cuarto
y quinto intento. Y al fin ha explotado. La primera lágrima se derrama mejilla
abajo.
Ella, al igual que muchos otros, lo único que quiere es
tener su libro de aventuras, en donde pueda plasmar en papel las incontables anécdotas
que vive a lo largo de su vida. Poder llenar las hijas de los sucesos que le
marcaron un antes y un después en su existencia.
Llevarlo consigo a todas partes, que se convierta en un
pedazo de su pequeña alma.
Y que cada vez que logre una meta, un deseo, algo que se había
propuesto, pueda acabar esa hoja con un: “PD: Tenías razón Lucía”.
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Corazones rotos