jueves, 26 de septiembre de 2013

72.

Y aquí seguimos, como si nada, como si todo lo vivido no hubiera ocurrido nunca. Sigamos fingiendo que somos grandes desconocidos cuando en realidad hemos sido todo lo que unos adolescentes pueden llegar a a ser. Ignoremos nuestros sentimientos y hagamos caso omiso a nuestras ganas de abrazarnos. No pensemos en todo lo vivido. Lo mejor es olvidarlo, ¿verdad? Tengamos el suficiente orgullo como para no volvernos a dirigir la palabra a pesar de lo que nos queremos.

No. Es mentira. Es inevitable que haya algún cruce de miradas incomodas de vez en cuando entre tus ojos y mi brusco movimiento para que no vieras que te estaba mirando y recordando. Sí. Recordando. Es inevitable, ¿ahora mismo? Te odio, lo más increíblemente fuerte del mundo. Pero cuando te miro... cualquier sentimiento de ira desaparece durante los suficientes segundos para acordarme de una de las tantísimas veces que sentados hablando de cualquier cosa, cualquier tontería insignificante, se convertía en un desenfreno y un sin fin de caricias y
besos, que culminaban en un Te quiero.




Y así estoy, intentando ser fuerte. Haciendo lo imposible para olvidarte. Rebuscándote miles de defectos que me desenamoren de ti. Pero es imposible, mis ganas de llorar cada vez que te veo son incalculables, al igual que el tiempo que pienso en ti.
Ya no me miras, y mucho menos me sonríes. Pero cuando veo tu sonrisa, aunque no vaya dedicada a mí, me sigue ganando.
Me encantaría contarte muchas veces cómo me siento, pero sé que si lo hago, tú lo utilizarás en mi contra, para hacerme todavía más daño.
Así que aquí estamos yo y mis ganas de superarte, luchando por ser fuertes.

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Corazones rotos