lunes, 24 de junio de 2013

71. Vivo, luego escribo.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿La vida o el arte? Yo diría lo primero. Vivo, luego escribo. No hace mucho hablé con alguien sobre la propia vida como recurso de creación literaria. Recuerdo que hizo comentarios que cuestionaban su valor. Defendió que la literatura autobiográfica, a pesar de merecer respeto, no tenía tanto mérito como la ficción pura, en la que lo escrito y lo experimentado no tienen por qué corresponderse. Conectar con un personaje totalmente ajeno a uno mismo, dijo, es una tarea magistral. Exige la empatía necesaria para situarse en un cuerpo que no nos apresa y una mente que no nos domina. No cabe ninguna duda: es de admirar saber mantenerse al margen, escapar a la propia mirada, al velo de parcialidad que ocluye el fluir libre de las palabras. Y a pesar de reconocerlo, no puedo menos que admirar del mismo modo a aquellos que son capaces de rasgarse y contar quienes son, qué buscan o adónde van. Aquellos que exponen a la crítica no sólo aspectos formales, estilo, argumento; sino su identidad y su historia. Porque sí, hay que ser valiente para ponernos en el lugar de lo que desconocemos, pero también para hablar de nosotros y ofrecernos a los demás sin tapujos.
Vivo, luego escribo. Y es que, ¿qué hay más personal que el acto creativo? Tal vez éste no represente un pasaje exacto de nuestra vida, pero sigue teniendo origen en nosotros. Nuestras ideas son arquetípicas. Inevitablemente se deforman, se contaminan, se nublan a causa de las lentes a través de las cuales vemos el mundo. Y aún así, hay escritores puristas que esgrimen argumentos como ‘mi literatura no es personal’, cuando cualquier historia, por ajena que nos resulte, es en su esencia una única historia, la suya y la de todos. Para muchos la magia del arte se sostiene sobre ese principio. Una sola emoción inicial, la misma para todos, que adquiere formas distintas hasta antojarse singular e irrepetible. No importa cuán ficticios sean los personajes y sus actos, el amor siempre será amor y el odio será odio, y aunque los escribamos en boca de otros los hemos conocido en nuestra carne. No importa cuántas bocas invente un autor para pronunciarse: tras ellas siempre se esconde su voz.  

Vivo, luego escribo. El arte puede serlo todo, menos impersonal. Cualquiera no es capaz de crear cualquier cosa. Detrás del escritor hay un individuo con ideas, miedos, pasiones y hazañas. Extraño sería que nada de esto acabara filtrándose en su obra. Y es que, a menudo, los grandes lo son precisamente porque lo permiten. Virginia Woolf, John Fante, Charles Bukowski, Amélie Nothomb... Hoy recuerdo a ese escritor que se abre en canal y se quita la máscara. Rescatar lo que se ha vivido, sentido y errado –con frecuencia coinciden– requiere de fortaleza. Pero dotarlo de brillo y hacerlo eterno... requiere también de genialidad. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Corazones rotos